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Crítica de la película Pinocho de Guillermo del Toro (2022)


“En este mundo, obtienes lo que das”, le dice el fantástico bienhechor a Sebastian, encargándole la guía moral de Pinocho a cambio de un deseo. El grillo responde: “Hago lo mejor que puedo, y eso es lo mejor que cualquiera puede hacer”. Del Toro y McHale presentan múltiples estribillos concisos como estos, que evitan repetir lugares comunes de cuentos de hadas basados ​​en una rectitud imposible. En cambio, abogan por la sabiduría que se encuentra en perdonarse a uno mismo por los errores del pasado porque es entre los fracasos y los triunfos que se escriben nuestras vidas. Precisamente cómo se produce la ilusión de la animación stop-motion entre los fotogramas que nos recuerdan lo que estamos presenciando es un títere cinematográfico minuciosamente ejecutado.

A diferencia de la tecnología de reemplazo de rostros que emplean algunos estudios como Laika para lograr matices en las actuaciones de los títeres de stop-motion, del Toro y el codirector Mark Gustafson, quien perfeccionó sus habilidades con el maestro de Claymation Will Vinton, utilizaron figuras con rostros mecánicos que requieren una delicada manipulación por parte de los animadores para un resultado un poco menos inmaculado en movimiento, pero que deja ver la mano de los artistas.

Uno no puede evitar maravillarse con la excelente artesanía en cada detalle de los personajes que habitan este reino oscuramente caprichoso. Cada mechón de cabello en la cabeza de Geppetto, las arrugas en sus curtidas manos de artesano o el material de sus prendas son pequeños toques individuales de genialidad. El diseño del propio Pinocho se siente elemental, con las imperfecciones orgánicas de la madera real, sin ropa, luciendo un rostro traviesamente adorable y un peinado explosivo. Esta podría ser la representación en pantalla más veraz del personaje. En la impresionante dedicación de quienes están a cargo del diseño de producción, el vestuario y la construcción de los decorados, grandes y en miniatura, la película encuentra su alma.

Sin embargo, a pesar de lo inocente que es Pinocho (desde el principio, canta sobre cada objeto que encuentra como un descubrimiento increíble), hay un lado abrasivo en su personalidad que resuena honestamente con los aspectos menos halagadores del comportamiento de los niños. Geppetto no solo no acepta de inmediato a su nueva descendencia, dado que los feligreses católicos creen que es brujería, sino que espera moldearlo para que sea quien era Carlo.

Pero Pinocho, nacido sin las moradas de la condición humana, sólo se ajusta a las normas para ganar la validación de su padre. Del Toro no es más que un gentil campeón de los incomprendidos para aquellos cuya apariencia, origen o cosmovisión los aísla de la homogeneidad de las masas. Y en este niño de madera encuentra un símbolo que camina y habla del poder indomable de la naturaleza, del azar, de los factores impredecibles que pueden enriquecer nuestros días aunque no sean precisamente lo que esperábamos.